Ir al contenido

04 · Columna · La vida en la ciudad

¿A dónde va uno cuando no va a consumir?

Una mirada a la ciudad desde quienes la habitan.

Hay días en los que uno simplemente quiere salir. No necesariamente de compras, por un café, al cine o a comer a un restaurante. A veces uno solo quiere caminar, leer, platicar, escuchar música o sentarse un rato a ver pasar a la gente.

Y es ahí donde surge una pregunta bastante sencilla: ¿a dónde va uno cuando no va a consumir?

Como estudiante foránea en Monterrey, me he dado cuenta de que contamos con diversos lugares para salir, pero buena parte de nuestras opciones de convivencia están relacionadas con gastar dinero. Eso dice algo sobre la manera en que estamos construyendo y viviendo esta ciudad: hemos aprendido a relacionar el tiempo libre con el consumo.

Comprar, claramente, no es algo malo. El dilema aparece cuando parece que necesitamos comprar para tener un lugar donde estar: ir a restaurantes, cafeterías o plazas comerciales porque no hay tanta diversidad de espacios donde permanecer sin necesidad de adquirir algo.

Un centro comercial puede ser un punto de encuentro, una cafetería puede convertirse en uno de nuestros lugares preferidos y un restaurante puede ser el plan de cada fin de semana. Estos lugares también forman parte de la vida urbana.

Aunque existen parques y plazas públicas, tampoco podemos ignorar cuánto espacio tenemos realmente para disfrutarlos. Monterrey cuenta con apenas 4.07 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, una cifra muy por debajo de los 15 metros cuadrados que suele tomarse como referencia internacional de la OMS.

Un espacio público no debería existir únicamente para que pasemos por él, sino también permitirnos estar.

La problemática no es solamente preguntarnos si existen alternativas gratuitas al consumo, sino también qué tan suficientes son los espacios que tenemos para encontrarnos, descansar y simplemente estar. Un espacio debería sentirse accesible y seguro, contar con más lugares para sentarse y, sobre todo, invitar a permanecer.

Aquí surge una cuestión de desigualdad que pocas veces relacionamos con algo tan cotidiano como salir un sábado. Si las opciones más cómodas para convivir implican consumir, entonces nuestra posibilidad de disfrutar la ciudad también depende de cuánto dinero tengamos disponible. Como estudiante foránea, esta experiencia me ha hecho notar ese problema.

La ciudad sí tiene espacios gratuitos. Las bibliotecas municipales ofrecen actividades y talleres sin costo, y parques públicos como Fundidora sirven como lugares de recreación y convivencia. También existen proyectos que buscan recuperar espacios para la comunidad, como la rehabilitación de parques y plazas en distintas colonias.

Pero que un espacio sea público no significa automáticamente que sea un buen espacio para quedarse. No todos pueden resolver un día aburrido diciendo “vamos por un café”. No todos pueden pagar una comida cada vez que quieran ver a alguien. Y no deberían necesitar hacerlo.

Necesitamos recuperar una idea muy sencilla: ocupar la ciudad también es una actividad. Sentarse en la plaza, dar un paseo sin comprar nada, leer en una biblioteca, jugar a la pelota en el parque o simplemente charlar con alguien debería ser parte de la experiencia urbana, no una alternativa de segunda categoría.

Una ciudad no debería medir el valor de sus zonas solamente por cuánto dinero generan. Debería preguntarse cuántas personas pueden quedarse en ellas, convivir y sentirse parte de Monterrey.

Porque al final, quizá la duda no sea qué podemos gastar o comprar para salir y pasar el rato. Tal vez deberíamos preguntarnos qué lugares nos ofrece Monterrey para simplemente estar.

Participa

La calle también se cuenta entre varios

¿Vives algo parecido en tu colonia? Deja tu experiencia o tu comentario sobre este contenido. Se publica al momento y lo puede leer cualquier persona.

0/1000

Cargando comentarios…

    Siguiente lectura · Sobre AngieConoce a Angélica Huerta Arano