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02 · Crónica

Entre ruedas y patas: cuando el espacio no alcanza para todos

Angélica Huerta Arano

Escrito por

Angélica Huerta Arano

08 / 09 / 2026

Automóviles cruzan una zona peatonal de Calle Químicos durante la noche
Calle Químicos · MonterreyFotografía: Angélica Huerta Arano

Eran cerca de las cinco de la tarde cuando decidí dejar el celular sobre la mesa.

Llevaba días haciendo lo mismo: llegar a casa, tirarme en el sillón y perder las horas en la pantalla hasta que el cielo se oscurecía sin que yo me diera cuenta. Ese día algo cambió. Quizás fue el calor que ya cedía; quizás las ganas de sentir que había hecho algo con la tarde además de deslizar el dedo sobre un celular. Así que decidí salir a caminar.

Sé que no era la gran hazaña, pero después de pasar varios días constantemente frente al celular se me hizo lo más productivo que podía hacer. Tenía ganas de ver la ciudad, despejarme un rato y ver caer las horas.

No tenía ninguna ruta en mente ni un lugar específico que quisiera ver. Solo quería dejarme llevar y respirar aire de verdad, no únicamente el aire acondicionado de mi cuarto. Como vivo en una zona estudiantil, es muy fácil ver a mucha gente en la calle, aunque estas no se encuentren en muy buen estado.

Vi a dos niñas en bicicleta batallando entre baches. También vi a una señora cargando bolsas del supermercado, pegada a la pared de su casa porque la banqueta ahí medía apenas treinta centímetros de ancho.

Es algo que uno normaliza cuando lleva mucho tiempo viviendo aquí: caminar como quien pide permiso.

Monterrey no fue pensado para el peatón, y eso se nota en cada cuadra. Las calles se ensancharon durante décadas para que cupieran más carros, más carriles, más velocidad; las banquetas quedaron como un resto, un sobrante, un espacio que se fue angostando cada vez más.

Uno camina y entiende que todo fue diseñado para llegar rápido en coche de un punto a otro, no para que alguien se detenga a mirar el atardecer o a dejar pasar a un vecino.

Seguí caminando. Decidí dejarme sorprender, explorar nuevas calles y ver qué sorpresa me traía Monterrey, siendo yo foránea.

Llegué a una calle que se veía más antigua, de esas que con una sola mirada te llevan al pasado: casas con detalles coloridos y rejas bajitas, pero calles tan angostas y agrietadas que resultaban hostiles para cualquiera que quisiera pasar. Eran de doble sentido, aunque apenas cabía un solo carro, y no había una sola banqueta decente para el peatón. Caminaba por la orilla, pegada a las paredes de las casas y los negocios.

Tránsito nocturno y comercios vistos desde Calle Químicos en Monterrey
Calle Químicos · MonterreyFotografía: Angélica Huerta Arano

Y fue justo ahí donde empezó todo. Lo vi: tan bonito, pero con una mirada temerosa y ansiosa. Era un perrito callejero, de esos que uno encuentra por toda la ciudad.

Él, al igual que yo, estaba batallando para caminar tranquilamente y sin dificultades, evitando los baches y los carros que pasaban al mismo tiempo. La banqueta, en ese tramo, simplemente no existía: se la había comido un muro.

Y ahí ocurrió mi gran trauma. El perrito iba pegado al borde del pavimento cuando un carro dio vuelta en la esquina. No iba a exceso de velocidad ni hacía nada fuera de lo común y, aun así, no tuvo margen para esquivarlo del todo. Solo alcanzó a mover el volante un poco; la llanta le pasó por encima de una de las patas traseras.

El sonido fue lo peor. El perrito inmediatamente empezó a llorar de una manera agobiante por el gran dolor que le había causado el carro. Era aterrador. No podía imaginar lo que estaba sintiendo en ese momento; solo podía sentir impotencia al ver cómo las calles que no están diseñadas para que el peatón pase sin dificultades pueden ocasionar este tipo de problemas, arrebatarle la vida a alguien o dejarle una herida permanente.

Desgraciadamente, la persona que atropelló al perro no hizo nada al respecto, ni siquiera se detuvo a verlo. Yo intenté ayudarlo, pero estaba claramente muy afectado y lo primero que hizo fue correr sin dirección, así que no pude alcanzarlo. No me iba a quedar así: marqué a Protección Animal, di la ubicación de la calle y pedí que fueran a rescatarlo para atenderlo.

De regreso a casa caminé más despacio. Ya no por gusto, sino porque no dejaba de pensar en la pata de ese perro, en el chillido. Pensé en cuántas veces había caminado por banquetas rotas sin darles demasiada importancia.

Ese día entendí, de una forma que ninguna estadística me había hecho entender antes, que el diseño urbano no es un simple tema que solo debería interesar a urbanistas y funcionarios.

Es la diferencia entre que un perro o una persona cruce una calle y llegue del otro lado, o que quede herido de por vida e incluso la pierda.

Llegué a mi departamento, prendí la luz de mi recámara, me acosté en la cama y me senté en el balcón a ver la calle. Después de lo que había pasado, empecé a notar cosas que antes simplemente ignoraba: las banquetas estrechas, los carros y lo poco que queda de espacio para caminar.

Quizá estamos tan acostumbrados a las calles de Monterrey que dejamos de preguntarnos si realmente están hechas para todos. Desde ese día, cada vez que paso por una calle así, no puedo evitar pensarlo.

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La calle también se cuenta entre varios

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